lunes, 2 de septiembre de 2013

IMPACIENCIA POR LO IMPENSADO

Por Migue Magnasco  
 Hay impaciencia. La llegada de la gente de a pie, las organizaciones, y los partidos, demora tanto más de lo planificado. Cólon y Cañada, esquina de inicio -de victorias y derrotas- aguarda las banderas, las canciones, la heterogeneidad de sectores, la lucha.
  "Debe estar saturada la red" le comenta un tipo de unos 40 años a su interlocutor de 20, que mira su celular a cada instante. Este lo observa esperanzado, y le cuenta que anda por ahí, perdida entre el bullicio, quien le quita el sueño. La falta de certeza tiene que ver con el mensaje enviado y, claro, no respondido. Eso impacienta a cualquiera.   
  Grupos grandes de personas, ahora sí, se arriman. El punto de encuentro va quedando chico. Están todos, menos uno. La salida se demora, y eso genera impaciencia. Son las 18:30. Todo se acomoda lentamente. Los jóvenes hacen suyas las calles. Hablan, se ríen, cantan, se besan. Sólo alguien muy estúpido puede querer relatar una "fuerza de choque" allí donde no hay más que pibes pidiendo por sus derechos.  
  En la ex Plaza Velez Sarfield -que es donde termina la movilización-, el escenario, el sonido y las luces están listos; pero la masa ni se divisa. Allí, en cuestión de horas, habrá discursos, denuncias, música, baile, aplausos; todo. Cuando le comentan que recién arranca la marcha, el sonidista se pone impaciente. Calcula bien: deberá prestar servicio un rato más de lo que esperaba.
  Viviana Alegre camina, despacio, con cinco mil personas a su espalda. Ella es protagonista de una tragedia; suya, y de todos. Su pena materna está llena de presente con sabor al pasado. Parece mentira, pero algunas estructuras del terrorismo de Estado encuentran asilo en políticas públicas del Gobierno Provincial. Eso nos impacienta, a nosotros, los cordobeses.
  La marcha se detiene. Un trazo grueso de los participantes se pone en cuclillas. Al frente suyo, unos metros más adelante, colocan un mortero. Todos aguardan agazapados, desafiantes, impacientes. El brillo en los ojos acompaña el recorrido de la mecha encendida que se acorta. Estalla y todos corren desenfrenados para fundirse en el rezo de alegría para el corazón en melodía de Fito.
  Reverdece una primavera anticipada, y acá, en Córdoba, parece que el 2013 vuela. ¿Será por eso que hay tanta impaciencia?
  No. Impaciencia hay, porque hace un año y medio desapareció Facundo Rivera Alegre a la salida de un baile de Damián Córdoba, y todavía, en plena democracia, tenemos que pedir que nos lo devuelvan como se lo llevaron: con vida.



viernes, 7 de junio de 2013

ENCUENTRO Y DESPEDIDA

Por Migue Magnasco

Un joven -de unos veintipico-, con auriculares y de pie, lee atentamente un panel colgado en la pared de uno de los pasillos de la Facultad de Artes. Ingresa de a poco en el relato de Carolina Llorens sobre la recuperación de los restos de sus papás. Sólo se detiene para quitarse los auriculares: esas palabras merecen una atención cuidada. Además, desde que empezó a leerlas, ya no puede escuchar otra música que la que dicta el pulso de Carolina.

Él no la conoce, tampoco a Sebastián, ni a Diana, pero afirma mientras su mirada recorre el texto. Piensa en la valentía necesaria para asumir el destino que allí se narra, y permitir que a través de la historia propia, otros -como él-, entiendan que el presente tiene mucho de pasado.

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El 9 de Diciembre de 1975, Sebastián Llorens y Diana Triay fueron secuestrados por fuerzas paramilitares.

Permanecieron desaparecidos hasta el 8 de marzo de este año, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense oficialmente anunció a sus familiares la aparición de sus restos. Ambos eran artistas y militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Fueron asesinados tres días después del secuestro, en la localidad bonaerense de Esteban Echeverría.

El reencuentro con los suyos y una despedida postergada por más de 37 años, fueron el motivo de reunión. Centenares de personas se acercaron a la ceremonia de restitución de sus restos en Plaza de la Memoria de la Facultad de Filosofía y Humanidades, y luego a la muestra "Encuentro con Diana y Sebastián: vidas plasmadas en sus expresiones artísticas", desplegada en el Centro de Producción e Investigación en Artes (CePIA) de la Facultad de Artes.

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Ahí mismo se encontraba el joven de veintipico, que ahora retira la vista del recuadro. Está notoriamente conmovido. No le interesa ocultarlo. Recuerda uno de los poemas que leyó en alguna parte de la muestra:

"Esperanza de vivir
De construir un mundo
De vitorear la revolución
De caminar,
Simplemente uno,
En todos los demás"

Lo anota en una libretita para no olvidárselo. Se siente él, simplemente uno, en todos los demás que caminan por esos pasillos poblados de postales de una historia que flota con la placidez de lo, por fin, resuelto.

Le parece que cualquier esfuerzo por dimensionar los tiempos que corren, queda corto. Le parece, aún así, que bien vale ese esfuerzo.

Detrás suyo, seis pibitos, corren alborotados. Los tres mayores, de repente, entran a un ascensor que cierra sus puertas de metal automáticamente. Los  más enanos quedan afuera, desairados. Cuando menos lo esperan, las puertas se abren y los grandotes les pegan un susto que provoca los gritos finitos y las risas alocadas de los seis.

El joven de veintipico los observa y ríe con ellos. Agradece el encuentro y se despide.

miércoles, 5 de junio de 2013

EL DÍA QUE EL AVIÓN NEGRO DE PERÓN BAJÓ A CÓRDOBA (relato de un partido de fútbol épico entre el equipo de Arcilla y los ingresantes a la carrera de Comunicación Social)

Por Migue Magnasco

Solo alguien como Ramón Díaz puede sintetizar tan perfectamente lo que sucede en los mitines futboleros con historia. La mística de la previa es algo clave, imprescindible, es lo que logra que hasta un tercero sin arraigos a lo que está por ponerse en juego, se sienta intrigado a acercarse; el ingrediente decisivo que permite que lo trascurrido en una hora de juego perdure por meses, años, o para siempre. Así sucede. Es un aspecto más político que deportivo, por eso nos gusta tanto, claro.

A este choque tan esperado de ayer, no le faltó nada de eso. Desde la última vez que se cruzaron con los pre-adolescentes en cuerpos de pibes de 18 y 19 años, la generación dorada de Arcilla sufrió de constantes embates de la prensa burguesa y de los obsecuentes amantes del mal fútbol, aludiendo a aquella triste actuación en la que los puber se llevaron una cómoda victoria, y dónde hasta Nicolás “el apertura” Urquiza (el sobrenombre, según cuentan las fuentes, habría sido puesto en función de que cada 10 pelotas que patea, 9 se van a 15 metros del travesaño. Como si fuesen tiros a la T de rugby. Los expertos afirman que le iría mejor practicando esa actividad, jugando en la posición de apertura, que es quien ejecuta ese tipo de acciones. Sus compañeros “of the record” cuentan que en varias ocasiones le han intentado explicar que el objetivo es que la pelota vaya a la red; pero no hay caso), por error logró conectar un bochazo que se metió al lado del palo derecho del “salado” Boujon. La virulencia de la noche anterior a ese partido, le jugó una mala pasada a los arcillosos, y el equipo se vió desdibujado en todas sus variantes. Desde el planteo táctico, en el cual de incluyó a un medio campo de buen pie y que hace jugar como Miguel “el pintor” Rodriguez, de lateral por derecha, cuando es bien sabido por todo el cuerpo técnico que nunca se sintió cómodo jugando en ese puesto; hasta la nula circulación de pelota que terminó en un atrincheramiento contra el arco del que muestra poco historial este equipo.

Aquella tarde noche de invierno, empardó, en un partido ganado por bando, la trama de este duelo. La mesa estaba servida para el desenlace.

Y el desenlace fue ayer, pero empezó por supuesto, y como debe ser, varios días antes con los vaivenes y cargadas de un lado y otro. Comentarios de la sutileza de “me los voy a coger con la pija muerta” o “buscate un escudo de acero para el orto” hicieron de las maravillas de la prosa anticipatoria a un espectáculo que desde el vamos pintaba lindo. Así las cosas, los implicados en la causa fueron llegando de a uno al escenario de tantas alegrías y tristezas. Los botines, las camisetas mezcladas, la tierra, los chistes para despejar el nerviosismo, y el calorcito de un verano que nos regalo una noche fabulosa para lo que allí acometería en pocos minutos.

“La Arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud” decía Ernesto Guevara allá por los años 60´s, y el equipo que lleva ese nombre en homenaje al mártir revolucionario, formó con un 3 – 1 – 2 -1, con la zaga defensiva compuesta por el “negro” Barzola como central, “pechito” Apud por la izquierda, y el “Grueso” Secco por la otra izquierda. Al medio, ahora si en su puesto natural, “ el pintor” Rodriguez. Más adelantados por los carriles, Tato “Mukecleta” Mukeño, y Tito Villanueva. El esquema lo completaba, infaltable, el “ángel del gol”, Ramiro Albarracín. La variante más comentada en la previa: “pototo” Bustos tenía una parada difícil como debutante en el arco, ahí mismo, en el partido que todo lo definía, reemplazando al “salado” Boujon. Todas las dudas se despejaron con el primer “prúebenme” que arrojó el arquerito con una soberbia y decisión que dejaban en claro que venía a ganarse el puesto.

El otro equipo formaba…bueno, no importa (que se contraten a un periodista propio si quieren detalles sobre sus participantes). 

La tensión fría, los equipos terminando de acomodarse, el ritual de silencio, las miradas cómplices, el susurro de “vamos eh”, y las palmaditas, estaba todo listo. El partido arrancó. Trabado, con mucha insinuación y poco de concreto, como era obvio. Pese a eso, los de Arcilla generaron varias ocasiones de gol, apenas marradas por los delanteros, que dieron lugar a la gilada para empezar a hablar de pólvoras mojadas y no se que otras yerbas que, como las premoniciones de algunos políticos y economistas de cartón que circulan a diario por la pantalla del monopolio, no tuvieron luego ningún correlato con la realidad efectiva.

El equipo empezó a mejorar y en un centro perfecto de pechito, Mukeño apareció por detrás y de cabeza rapada puso el 1 a 0. La reacción no se hizo esperar, y el sabor a victoria duró apenas unos minutos, porque en una contra los jóvenes con abdominales marcados pusieron el empate. Luego, un remate de Albarracín, rebote del arquero, Mukeño la toma, apunta, y 2 a 1. Tensa y corta calma. Mal saque, la toma el medio de ellos, y clavá un tremendo zapatazo de 30 metros que se mete al lado de palo izquierdo de pototo, que esta vez, nada tenía para hacer; 2 a 2. Ahí empezó otro partido.

La selección se paró tal como lo había planificado el cuerpo técnico la noche anterior durante la cerveza número 50 de la noche. La pelota empezó a circular, “pechito” metió la segunda, la tercera y la cuarta, como en aquellos años mozos en que recién llegado a Córdoba, debutaba en la formación liderada por el poco ortodoxo pero muy metedor Julio Cesar Chit, en una victoria histórica contra la mentira mediática del “Revuelto”. La zaga defensiva se convirtió en un muro y cortó todas las bochas, una verdadera máquina. El resto lo hicieron el tiki tiki entre Rodriguez y los delanteros, que pintaron un Guernica en las expresiones rivales. Fue todo, todo, todo de los arcillosos.

El primer golpe a la moral contraria, sucedió cuando tras varios rebotes, el tito Villanueva mete un buscapíe al área, y ahí el mundo se detuvo. San Pedro decidió abrir por un momento las puertas del cielo, y dejó bajar a uno de sus enviados para dar un mensaje de amor al futbol, un ápice de sensibilidad en medio de lo brutal, una sinfonía de la orquesta de Di Chiano en medio de un boliche de música electrónica. De allí venía el “Angel del Gol” Albarracín, para cubrir de luz blanca la noche del 30 de enero y meter un taco con tanta magia, que ni siquiera pudimos gritar el gol por miedo a romper tanta armonía. 3 a 2.

No vale la pena redundar en detalles de un match que luego de eso, no tuvo fisuras. ¿Para qué hablar de los 3 toques entre Mukeño y Rodriguez por el sector izquierdo, el enganche para el medio de este último, el pase gol a Albarracín y el 4to? ¿O de las corridas interminables de pechito y Villanueva que dieron el 6to y 7mo? ¿Acaso hace falta decir que pototo Bustos fue indiscutible, y que el Boujon deberá hacer muchos méritos para superar una actuación desopilante en un debut terriblemente jodido? No, no hace falta. Algún mal intencionado se tentará de decir que huele a gastada y que eso no lo hace un buen ganador. No vamos a darles con el gusto a todos los perdedores que esperan eso.

Pero sí, les pido por favor, permítanme relatarles cuando el General Perón volvió a la Argentina, a córdoba. ¿Qué tendrá que ver Perón con todo esto? Se preguntarán ustedes. Y déjenme ensayar dos respuestas. En primer lugar, en este país, Perón tiene que ver con todo, directa o indirectamente, en serio. Y en segundo, Perón no volvió ni en 1973 a Ezeiza, ni en 1974 al Aeropuerto de Morón, tras la masacre de los fascistas de la derecha peronista de Lopez Rega para con el pueblo que venía a recibir al General. Perón volvió anoche. Sí, anoche.

Cuando se llevaban jugados tres cuartos de hora, el arquero rival cedió un corner del que jamás imaginó que iban a derivar los sucesos más inexplicables de la historia argentina. Pechito Apud, acomodo una, dos y tres veces la pelota. Algo extraño sucedía en la cancha, un vapor verdoso cubría el área, mientras los amagues y agarrones eran hegemonía a la espera de la bola encombada de pechito. El lateral levanta la cabeza, en slow motion, y mira. Algo intuimos en esa mirada, que se exaltó repentinamente, sin parpadear, con un posterior falso disimulo que quería entorpecer cualquier posible desciframiento contrario de que allí algo denso estaba por venir. “¿Qué vió pechito?” nos preguntábamos, mientras la maraña de tironeos y codazos se hacía más intensa. Si esa pelota terminaba en gol era el 5 a 2 y el partido quedaba cerrado. La toma de carrera y la pelota sale, pasadita, al segundo palo. De la nada todo se oscureció, y hasta oímos un trueno, a pesar de que era una noche incorruptiblemente estrellada.

El sonido del motor de un avión comenzó a hacerse más fuerte mientras la pelota volaba por encima de las cabezas que fueron a peinar al primer palo. Tal vez sería algún volador particular que andaba desorientado de la ubicación del aeropuerto, pensamos. Pero no. Cuando la pelota pasó a Albarracín, parecía que el centro de pechito había sido demasiado elevado. Pero no. El suelo tembló, el avión estaba entre nosotros, las turbinas, el ruido insoportable, sorteando las turbulencias y los años de exilio, era el Avión Negro de Perón, que volvía para hacer realidad la fábula popular de aquel fracasado intento de regreso de 1964, cuando al Macho lo interceptaron en Brasil y tuvo que regresar a España dejando a la patria con una angustia inconmensurable. Ahí lo vimos, en salto memorable, al negro Barzola, que ya no era él, sino la encarnación de un gigantesco júbilo pendiente del pueblo argentino, dándole un frentazo a una bocha inalcanzable y clavándola en el ángulo superior izquierdo con una potencia que casi quema las redes. Golazo. Carlos Barzola, ya no será más el “negro” como tan limitadamente lo llamábamos. Carlos Barzola es el “Avión Negro” y es un prócer de la patria.

Partido liquidado. Victoria imprescriptible. Perón de regreso entre nosotros…el resto es historia complementaria.

sábado, 30 de junio de 2012

TENEMOS

Por Migue Magnasco

Tengo...una bocha de crema americana recién servida, me gusta así, no quiero ni relleno de dulce de leche, ni cobertura de chocolate, ni decorado con cerezas, me gusta así, la bochita blanca y ya. Al frente, tengo a la mujer más hermosa del mundo, que se ríe, de mi, por bobo, y hay veces, conmigo, por tonto. El tipo de la mesa del lado tiene una milanesa gigante con dos huevos fritos arriba, nobleza obliga, las papas, también son fritas. Tiene bigotes, y tal vez algo para que el hígado aguante el after. Cada tanto pispea, mira nuestra mesa, no, en verdad mira a la mujer mas hermosa del mundo, que está conmigo, se quiere matar; él tiene la milanesa, para nada despreciable, pero el primer round lo gané yo. jah! 


El dueño del restaurante tiene...ganas de que nos vayamos de una vez. Nosotros igual no somos su peor problema, ni el envidioso del vecino. Hay un grupo coral, que tiene...muchos deseos de cantar, y canta, sin ningún prurito. Por mi está bien, no me quejo, solo que pensaba en las ganas de irse del dueño, y mucho más aún de los trabajadores del lugar. La mujer más hermosa de mundo los escucha, me cuenta que tiene anhelos de empezar clases de canto. Me agrada la idea. El grupo tiene camaritas con las que se autofilma. El señor que hace de director tiene, según yo, mucho afán de que lo vean. Yo no tengo afán de verlo, me parece medio pavo, prefiero escuchar; creo que inclusive me cae mejor el de la milanesa. A él, por supuesto, no le importa, y dirige, cerrando los ojos y con las dos manitos ahí, imitando la forma de dos ojeras, como marcándolas, así: de adeeeentro para afuera y de afueeeera para adentro. Yo tendría que decirle que parece un pollo aleteando más que un director, pero el tiene sus razones para hacerlo, mejor no meterse. 


El mozo tiene...mucha habilidad. No se cómo hacen los tipos, pero cargan un millón de platos en cada brazo, y ahí van, perfectísimos, en medio de un millón de mesas, con un millón de pelotudos que se hacen los directores de coro, bueno en verdad solo uno, "qué te comiste al Chango Farías Gomez pelotudo?", me pregunto para adentro, mientras el mozo esquiva exitoso todos los obstaculos. Genio. 

La copa tiene...ya muy poco vino. De rememoraciones se hacen los mejores tintos, el precio no importa, lo que seduce es el contexto. Tenemos ventaja, somos buenos rememoradores. El vino ayuda, y deforma un poco la realidad, a favor del que relata, siempre. Tengo ansias de decirle hasta donde la quiero, intuyo que ella quiere hacer lo mismo. Tenemos algo lindo, sin duda.

Este texto tiene...muy pocas palabras más, cierto? Viste? Te dije.




  

domingo, 13 de mayo de 2012

400 AÑOS DE LA UNC

Por Migue Magnasco

Es un orgullo ser parte, nada más. Una universidad que piensa a los estudiantes no como asistentes o espectadores de un espectáculo ajeno, cercado, o de algunos, sino como protagonistas, como hacedores, como creadores y resignificadores de lo que es la universidad pública. 400 años se conmemoran, pero sobre todo, se entrecruzan con las historias y bagajes que los componen, inseparables, indisociables y todos abotonados a la necesidad de la reinvención constante y siempre necesaria. Hoy comienzan los festejos sin repasos nostálgicos que se quedan ahí y luego nada. Que esta celebración sea también el inicio de un compromiso punzante y decidido de la juventud para tomar la universidad y devolverla a toda la sociedad, que es a quien verdadera y únicamente pertenece.

viernes, 11 de mayo de 2012

PÁGINA 12, EL DIARIERO Y YO

Por Migue Magnasco

Los domingos vuelan porque siempre se empieza más tarde, y porque la sobremesa se dilata todo lo que se puede, y si no se puede, se ofrece una nueva taza de café para compensar el cronograma ampliado del almuerzo en el séptimo día.

En córdoba, el Página llega a las 12 del mediodía a los kioscos. En vano sería que lo haga más temprano. Está bien ahí. Juan, digamos que se llama así, mi diariero, es un hombre mayor, de unos setenta y largos diría yo, que tiene el sucucho en Av. Colón al 800, a unas 6 cuadras de casa. Pleno centro de La Docta. Camisa impecable siempre, flaco él, con su gorrita verde tan gastada ya, que nunca puedo descifrar su letrero. Jamás se lo pregunté a decir verdad. Tampoco es que sea un dato muy relevante a los fines de esta carta, solo ilustrativo digamos. Juan es un tipo sereno, a mi gusta pensar, y creo que él lo siente así, que es feliz con su laburo. “Las épocas mas jodidas son los meses de verano, sobre todo porque hay algunas veces que no me anda bien el aire acondicionado” me dice, mientras me señala una ventanita de 20 cm cuadrados a través de la que, y solo cada tanto, entra alguna ráfaga de aire que oxigena el sucucho. Mi fidelidad con Juan ha sido intachable. Me encariñe con el mister, esa es la verdad. Algunas veces los 600 metros hasta el sucucho parecen leguas, pero se sobrellevan, no hay problema, la vitalidad de Juan los valen. Yo llego, chusmeo alguna que otra desvergonzada tapa de Noticias o Clarín: Ciccone, Ciccone, Ccicone y… al fin(!)  “Es un sentimiento”, el Página. Juan me tira: “está linda la tapa esa che”. Yo sonrío gustoso. Dejo entrever sin medias tintas mi acompañamiento al Gobierno Nacional. Cristina avanza en la recuperación de recursos y derechos para el pueblo con acompañamiento de amplios sectores de la dirigencia política; Mestre retrocede y privatiza todo lo que puede  (hasta la cultura), achica el Estado municipal, sube impuestos, vota con mayorías automáticas sin búsquedas - ni reminiscencias si quiera - mínimas al consenso que su propio partido siempre exige. En esos avatares andamos los cordobeses. No importa, o si, pero lo dejemos ahí. 

Le recuerdo a Juan que la semana pasada le quedé debiendo $0.50 porque él no tenía una moneda de $1 para darme. Titulares, copetes, bajadas, líneas editoriales,  polivalente mundo el del buen hombre. Me da curiosidad saber si tiene preferencia por unas u otras, pero prefiero no mezclar. Lo político es lo político y juan es mi diariero, son dos mangos aparte y mejor, en este caso, dejar las cosas como están. El intercambio es fugaz, efímero, sin vueltas, y en el peor de los casos, sin vuelto. El almuerzo llama y falta la vuelta aún; siempre más complaciente y llevadera por cierto. Tal vez sea por la compañía. Página en mano, o mejor dicho bajo el brazo, con la tapa siempre para afuera, como luciendo con orgullo los colores del equipo. Pago lo adeudado, y una máxima final:

“Si van los muchachos, deciles que está todo bien, que ya me pagaste”. Carcajadas de despedida, saludo, y a emprender el regreso a casa.


lunes, 20 de febrero de 2012

COMPRENDER, SIN ENTENDER NADA…*

Por Migue Magnasco

Aquellas noches de un prematuro verano, eran la mejor excusa para armar la mesa en el pequeño patio interno que teníamos en mi antigua casa de Villa Mercedes. Yo, aún niño, creía que eramos inseparables siempre que lográbamos el cometido de sentar a los 5 integrantes de la familia a compartir aunque sea los 30 o 40 minutos de la cena. Debo admitir que hasta rehusaba de las quejas frente a la insistencia materna para que ayudase a poner platos, vasos y cubiertos; con tal de ocupar mi intocable lugar a la izquierda de los mayores, y escuchar alguna de las historias repetidas, pero siempre vigentes de papá. El viejo entraba y salía de esas conversaciones. Sus lagunas mentales eran motivo de chiste entre los 3 revoltosos, que peleábamos bastante entre nosotros, pero que cuando teníamos la posibilidad de encontrar alguna maldad que nos pusiera del mismo bando, no dudábamos. Y Magnasco lo sufría. “¿Qué?”“¿Cómo?” preguntaba él, y nosotros estallábamos de risa. Menos mal que el aroma armónico y fresco del jazmín (que mamá resguardaba con recelo, y penas severas para quien osara maltratarlos) amenizaba todo posible enojo y el viejo terminaba aceptando el macaneo de los insoportables.

Con cierta periodicidad, nos enganchábamos viendo alguna película antes de comer, hecho que habilitaba a mover el televisor del living hasta el borde del patiecito, a fines de no perderse los detalles del film. Eso dependía del humor de las autoridades a cargo, que por si eso fuera poco (y de manera regular debo decir) terminaban cambiando de canal para frustración nuestra, y en una demostración clara de dominio etario. Esa noche también sucedió eso. Pero a diferencia de otras, la intensidad emotiva de lo acontecido en esas horas, dejó en mi, huellas indisolubles, imprescriptibles.

La espesura del ambiente, ceñido de rostros preocupados y perplejos, era lo suficientemente perceptible como para que un niño se diera cuenta de que las cosas no andaban bien. El noticiero, las corridas, el fuego, las puteadas, la policía disparando, apretando, golpeando, y asesinando a quien debía proteger; los analistas ininteligibles, la comida fría, el sonido de la TV como cortina del silencio más atroz en una casa vacía de respuestas y sumergida en el desasosiego; los ojos de mi viejo.

Al tipo nunca nadie le regaló nada. Siempre fue un luchador que tuvo que forjar sus senderos sin mayores manos de arriba, y con la única certeza de que el trabajo dignifica al hombre. No era alguien que acostumbrara a demostrar temores, más bien se caracterizaba por hacerle frente a los problemas, a su modo, un tanto rústico, pero infalible. Sin embargo, esos ojos, aquella noche del 19 de diciembre de 2001, lo decían todo. Nunca lo vi tan derrotado. La cantidad de cuentas que habrá sacado la cabeza del pobre viejo, al ver esas secuencias repetirse una y otra vez en la pantalla. Tal vez imaginaba, con acierto, que se venían los peores años de su vida; no lo sé.

Recuerdo también que se congregaban en casa algunos parientes y vecinos que a medida que iban llegando no paraban de repetir “¿Qué quilombo, no?”. Pero solo recibían por parte de los presentes, el gesto de negatividad con la cabeza, y otra vez el protagonismo volvía a las imágenes, como si la sola intención de contestar les revolviera el estómago.

“Renunció Cavallo”, y al otro día, y como siempre tarde, “Renunció De la Rua”. El rojo y blanco del club de mis amores, daba formato a las chapas de Crónica, y el pueblo en la calle decía basta con una consigna símbolo de quiebre para los argentinos: “Que se vayan todos”. El modelo neoliberal se agotó y estalló en cacerolas resonantes a lo largo y ancho de nuestro territorio.

Yo estaba en mi mundo. Como la mayoría del tiempo. Pero el estremecimiento de la historia, de nuestra historia como nación, es una conmoción que los criollos no podemos evitar. Y yo lo respiraba. El recuerdo de esas jornadas reaviva, y a la vez clarifica, esas inmaduras pero genuinas interpretaciones. Me hace pensar en las lagunas mentales de papá, y en la desesperación que debe haber sentido frente a la peor crisis económica de su vida, que como un fantasma no le debía ni un segundo de tregua. Me hace pensar en la cobardía enorme e imbecilidad desmesurada de quienes gobernaban el país por entonces. Me hace pensar en la brutalidad policial. Me hace pensar en la valentía de quienes resistieron. Me hace pensar en nosotros, y en la memoria como motor de cambio.

Todavía sigo llenándome de un insoportable dolor al repasar los destellos que dejaron 34 hermanos sin aire. Como homenaje a ellos y a quienes le pelearon mano a mano a la más premeditada traición al pueblo, estas líneas.

El 19 y 20 de Diciembre del 2001, el país colapsó en la peor crisis económica, política y social de su historia. Y yo lo comprendí, sin entender nada.

*Texto inspirado en “Salvador 19 y 20”, de mi amigo, Lautaro Bentivegna.